miércoles, 9 de enero de 2008

“El Libertador entre el amor y la guerra” de José Luis Ayala Olazábal

Fernando Chuquipiunta Machaca

Desde una óptica literaria, la cronivela es el uso de documentos, referencia a hechos históricos, reales e imaginarios y al mismo tiempo resulta una verdad y ficción creada por la magia del lenguaje. Por otro lado, habría que insertar a José Luis Ayala dentro del contexto de la novelística Latinoamericana del siglo XXI. Porque “El Libertador entre el amor y la guerra” es una narración sui géneris que debido al tema, estructura y propuesta literaria está destinada a suscitar un inexplicable interés en el lector, sobre todo no es un solo libro, son varios a la vez. Contiene muchas lecturas en las que el lector arma sus propias versiones, pues, José Luis Ayala, sostiene que cada capitulo tiene un secreto y cordón umbilical y por separado, une todo el libro.

El libro está compuesto de siete maravillosos capítulos donde la alucinante historia empieza con la llegada de Simón Bolívar a Quito luego de la batalla de Pichincha. El libertador conoce allí a Manuelita Sáenz, después todo será una dulce y arma vorágine de amor sin fin y guerra. Al mismo tiempo José Luis Ayala hereda el gracejo de una alta gracia verbal que denota la combinación entre cronivela y antilaveno. A mitad del libro, aborda la ausencia de San Martín y el primer golpe de Estado. Cuando el pueblo recibió a Bolívar. Increíble fue la acción de Torre Tagle. No cabe duda que el Libertador estuvo en la cumbre de Junín y el Universo. Como en Lima y en la hoguera del odio sin fin.

De allí surge esa misteriosa condena a Berindoaga y el juicio a José de la Riva Agüero. De este modo se ve en los capítulos seis y siete las expresiones del espíritu enciclopédico de los hacendados y la voz de Choquehuanca, a la manera desgarbada. Explica el desgarramiento del divino hombre que se fue a caballo al final del tiempo. Con todo, esta cronivela, depura el lirismo que no se vuelve a repetir en nuestras letras, ni menos en la Literatura actual.

En fin, José Luis Ayala responde una vez más sobre la historia que se refiere al Libertador Simón Bolívar durante su campaña libertaria en el sur de Guayaquil, además, enfatiza el sello amoroso de la musa y causa de su delirio Manuelita Sáenz. De igual manera en él se proyecta a lo largo de su obra la imagen idílica. A pesar de los años, su figura se ennoblece aún en las páginas sacras de sus textos, lo ejerce meritoriamente como el políglota andino más destacado de la Literatura Contemporánea.

Sin lugar a duda este fabuloso texto “El Libertador entre el amor y la guerra” (Ediciones San Marcos, Lima, 2007) tiene un lenguaje refinado, y por ende la ensoñación de los personajes de la obra son oscilantes y no son sobrias, del mismo modo, la pirueta del lugar y tiempo recoge esa picardía del momento; en todo ello está presente lo fascinante del texto, lo cual es el mensaje para cantar la tragedia de antaño y redimirlo con cánticos de nuestra época mosaica. Aunque la envidia social se abrume a diario en nuestra actualidad, pues la vos de Ayala, cantará, permanentemente el triste piélago de los mendigos.

martes, 8 de enero de 2008

Joyce: triste Trieste

Walter Bedregal Paz

Concienzudo biógrafo, Richard Ellmann dedicó muchos años de su vida a documentar la vida de James Joyce en Dublín, Trieste, París y Zúrich, y nos dejó muchas páginas de la relación del autor del Ulises con Pound, Shaw, Hemingway, Yeats, Eliot, Woolf, Proust y Scott Fitzgerald, entre otros. Conocemos los menores movimientos de Joyce, sus temores, su desesperada búsqueda de reconocimiento, su afanosa demanda de la libertad artística, de la patria imaginaria de quienes sitúan la literatura por encima de la vida, como hizo el autor del Ulises. Complicado asunto, sobre todo si se recuerda que el propio Joyce, tal vez con coquetería, llegó a decir que en el Ulises no había ninguna línea escrita con seriedad, tal vez recordando a Shandy.

Hay muchas escenas memorables en la vida de Joyce, según nos cuenta Ellmann, sobre todo cuando recordamos lo que aquél nos ha dejado, y procuramos olvidar sus días tristes, que fueron muchos. Señalaré una de esas escenas, algo arbitraria, como tantas cosas de Joyce, rememorada por el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, que nos da cuenta de las diferentes versiones del encuentro: al parecer, Joyce y Marcel Proust se encontraron una sola vez en su vida . La versión que más me gusta afirma que el banquero Edmond de Rothschild quería gozar de la conversación de los dos grandes escritores, y, así, a iniciativa de ese barón Rothschild, Proust y Joyce fueron convocados a comer en el hotel Ritz de París, allí al lado de donde los comuneros habían derribado la estatua de julio. Por lo visto, el encuentro no dio mucho de sí: se redujo a una pregunta de Proust sobre las trufas del banquete (“¿le gustan a usted?”, le diría a Joyce) y una cortés negación del irlandés. Hay otras versiones del encuentro, cuatro o cinco, recogidas por Ellman, que sitúan el encuentro en el hotel Majestic y no en el Ritz, y, también, alguna que nos muestra a Joyce borracho. No importa mucho, aunque sepamos que Joyce tenía un serio problema con el alcohol. En esa escena del Majestic está recogida su contradicción esencial: el autor del Ulises buscaba el reconocimiento, jugaba con la inmortalidad (¡escribía a sus amigos hablando del asunto!), quería verse reflejado en sus pares, pero apenas se encontraba a sí mismo, porque se reconocía en la oscuridad, en la soledad, y, en cambio, en los salones del mundo, sólo podía mostrar una máscara, una coraza como la que armó en su novela, para ocultarse mostrándose.

Nuestro autor ni siquiera numeró los capítulos de su más célebre novela, aunque nosotros los encontremos hoy debidamente ordenados y comentados en secuencias, siguiendo los pasos (apenas guiños) de la Odisea, en otra de sus bromas, por mucho que se empeñara en jugar con misterios, hasta el punto de que el esquema interpretativo que Joyce escribió para sus amigos (lleno de rasgos absurdos, como ese “pene en el baño”, un símbolo que se supone relevante para el quinto capítulo de la novela) se hizo público casi cuarenta años después de la aparición de la novela, cuando el escritor ya había muerto, y sabemos que apenas aporta nada a la comprensión del Ulises.

De los casi sesenta años que vivió, Joyce escasamente pasó doce en Irlanda, esa Irlanda católica y madrastra que ahogaba a sus hijos. Su vida transcurrió en ciudades distintas, vagabundo como Leopold Bloom, jugando con idiomas y palabras, canciones y sonidos, enseñando a otros en oscuras academias, pasando aprietos, exiliado; viendo de lejos las obsesiones de quienes, como W. B. Yeats, querían recuperar supuestas almas de la nación irlandesa, observando con escepticismo los desvelos de quienes dedicaban su vida a la absurda misión de la exaltación de Irlanda, empeñados en realzar las glorias de todo lo irlandés. Ya se sabe que el mundo está lleno de patriotas. Pero, a despecho de nacionalistas, Joyce se marchó pronto de su pequeño país. Primero, a Zúrich; después, a Trieste; finalmente, a París. En Trieste quedó una parte de su vida que ahora es recordada con interés, a veces mercantil.

Trieste es una ciudad híbrida, mestiza. En ella se hablan dos idiomas, y sigue siendo un puerto de salida del imperio austrohúngaro, aunque ese imperio desapareciese tras la Primera Guerra Mundial. Trieste es, también, al menos en parte, la ciudad de Rilke, de Winckelmann, y, claro, de Italo Svevo (aquel Ettore Schmitz que había publicado un par de novelas, Una vida y Senectud, que pasaron desapercibidas, y a quien Joyce, su profesor de inglés, elogió, gesto que estimuló a Schmitz para volver al ejercicio de la literatura, dejándonos La conciencia de Zeno), y de Umberto Poli, a quien el siglo XX conocería como Umberto Saba. A Trieste llegó Winkelmann (que había nacido en Stendhal, el pueblecito alemán cuyo nombre tomó Henri Beyle dispuesto a entrar con él en la historia de la literatura) para morir, aunque no lo sabía. Winckelmann fue asesinado, en 1768, por un individuo llamado Arcangeli, en una posada de Trieste. Goethe nos cuenta que, en 1786, recorrió Roma con la Historia del arte de Winckelmann en las manos, treinta y un años después de que lo hiciera el historiador, y evoca su muerte al consignar los asesinatos que ocurren en el barrio donde se hospeda. Trieste es una ciudad mediterránea, racional, provinciana, y algo triste. En esa triste Trieste se instala Joyce, casi por casualidad.

Como si fuera una maldición, Joyce vive durante años en esa ciudad, Trieste, que hoy está llena de calles con nombres de patriotas triestinos (que ya es ser patriota): casi huyendo de los nacionalistas irlandeses, se topa con los adriáticos. A Trieste llega con su mujer, Nora Barnacle, con quien viviría toda su vida. Una Nora, mujer limitada y sencilla, que no comprendía la obsesión de su marido por esa entelequia que es la literatura, y cuyas páginas ni siquiera intentó leer. En Trieste, Joyce no consiguió tener nunca una posición desahogada, aunque pudo ir comiendo, y, al menos, puso distancia del catolicismo y del nacionalismo irlandés que todo lo contaminaba (aunque no por ello Joyce dejó de apoyar al Sinn Fein en algunas ocasiones), y se alejó del viejo Dublín donde, como dice Ignatius Gallaher en Dublineses, “nadie sabe nada de nada”, seguramente para entender mejor la ciudad, porque si bien Joyce rehuía el nacionalismo, Dublín fue el centro de su vida, la obsesión de sus páginas, el centro de sus palabras, el objeto con que deformar el mundo para dotarle de un nuevo sentido y una mirada distinta. Casi podemos decir que Dublín existe por Joyce.

De hecho, Joyce fue primero a Zúrich, en septiembre de 1904, donde pensaba trabajar en una academia de idiomas; después, a Pola (una ciudad que tiene la costumbre de cambiar de país: cuando Joyce llegó a ella, era una localidad del imperio austrohúngaro, que después se hizo italiana, más tarde yugoslava, y, en nuestros días, eslovena: hasta nueva orden), y, al fin, a Trieste. Vive en Trieste desde 1905 hasta 1915, y allí nacen sus hijos, Giorgio y Lucia, con quienes hablará siempre en italiano, y después se instala en Zúrich (donde conoce a Lenin, siempre los bolcheviques en medio de todo), durante los años de la gran guerra. En 1914, Joyce había publicado Dublineses, su tercer libro, y empieza a ser conocido, con reparos, y, además, entra en su vida Ezra Pound, que le brindará un estímulo importante para seguir escribiendo, al igual que hizo Harriet Shaw Weaver, una mujer que siempre lo ayudó. Tras la catástrofe de la guerra, Joyce vuelve a Trieste en 1919, pero la ciudad ya no es el principal puerto del Imperio austrohúngaro, sino una ciudad italiana, que el escritor abandona de nuevo en 1920, para no volver. Se instala entonces en París (con algún paréntesis, como su estancia en Londres en 1922), y allí vivió hasta la llegada de los nazis. Quien desdeñaba la política, como Joyce, se vio obligado a huir por ella. En ese 1922 se publica el Ulises, no sin dificultades, como se sabe: incluso Virginia Woolf se negó a participar en la edición y la impresión del libro; aunque finalmente Sylvia Beach se hizo cargo de la publicación.

Así que, no es extraño que, mientras yo buscaba el rastro de Joyce en Trieste, callejeando bajo la lluvia, recordase su domicilio de París. Estaba en el número 71 de Cardenal Lemoine, muy cerca de donde vivió Hemingway. Allí, cerca de la plaza Contrescarpe, se inicia un callejón, casi siempre cerrado con una reja que hace la función de puerta. Dentro del callejón, se ve un largo muro de piedra, a la izquierda. Cuando termina, se abre una explanada recoleta que cuenta con edificios de distintas alturas. Las casas tienen una letra para que puedan diferenciarse entre sí, y hay un grupo de árboles en el centro. Nada recuerda a Joyce. Pero volvamos a Trieste, para encontrarnos con él. (Los aficionados a la precisión biográfica pueden seguir el itinerario de las casas donde vivió Joyce en la ciudad italiana, censo que elaboró la Università degli Studi di Trieste, a saber: primero, Joyce vive en la Piazza Ponterosso, 3, tercer piso, en marzo de 1905; después, en via San Nicolò 30, segundo piso, entre mayo de 1905 y febrero de 1906; luego, en Via Giovanni Boccaccio 1, segundo piso, desde febrero a julio de 1906; (en ese momento, se marchó a Roma, donde vivió desde julio de 1906 hasta febrero del año siguiente); más tarde, en Via San Nicolò 32, tercer piso, entre marzo y noviembre de 1907; aún, en Via Santa Caterina 1, primer piso, desde diciembre de 1907 hasta abril de 1909; y en Via Vincenzo Scussa 8, primer piso, entre marzo de 1909 y agosto de 1910; Via Barriera Vecchia 32, tercer piso, donde vive desde agosto de 1910 a septiembre de 1912; Via Donato Bramante 4, segundo piso, entre septiembre de 1912 y junio de 1915; y, finalmente, en Via della Sanità, 2, tercer piso, entre octubre de 1919 y junio de 1920). Todo está documentado.

Fui primero a ver la calle Armando Díaz, tal vez porque fue su última morada en Trieste. En la Via Armando Díaz, que antes se llamaba Sanità, vivió en el número 2, en el tercer piso, como un oscuro escritor irlandés, que mantenía a su familia con clases de idiomas. El de Armando Díaz, o Sanità, es un gran edificio, oscuro, con una enorme puerta de entrada y tres balcones encima, uno en cada piso, excepto en el último. Todos los balcones tienen un mástil, y el edificio parece casi abandonado, o apenas con algunas oficinas enmohecidas, sumergidas en la penumbra y el polvo. Aquí, Joyce compuso los capítulos XIII y XIV del Ulises. ¿Qué dicen esos capítulos? El primero, XIII, transcurre entre las ocho y las nueve de la tarde, cuando anochece en Dublín, habla de una jovencita y, además, seguimos los pensamientos de Leopold Bloom. El segundo, XIV, transcurre entre las diez y las once de la noche en la Maternidad, a donde Bloom llega para ver a una parturienta. Puntilloso en los detalles, Joyce contrajo esa manía de documentar los hechos más nimios, que es antigua. Por eso, era capaz de iniciar una correspondencia agotadora para enterarse del color que tenía una puerta de Dublín, o sobre la existencia de una enredadera, o la situación de unos escalones, o cualquier chisme sobre la Maternidad, en ese día de 1904 en que el escritor nos muestra a sus personajes.

Joyce, jugando con el tiempo vital y literario, mezclando todo lo que quiso, recurriendo al cajón de sastre de la memoria caótica y sentimental, construye esa novela que casi estaba terminando en la calle de la Sanità (el Ulises tiene dieciocho capítulos, aunque, como se ha dicho, Joyce no los numeró cuando se publicó el texto), y que iba a publicarse en 1922, en plena resaca de la gran guerra, cuando Joyce vivía ya en París y empezaban a mostrarse los camorristas del fascio y hasta los nazis. Después, siguió viviendo en París, y cuando su hija Lucia ingresó en un manicomio después de la ocupación nazi de la capital francesa, sonó el momento del exilio final: sería en Zúrich, donde Joyce murió en enero de 1941. Su hija Lucia, que había nacido en un pabellón de pobres en un hospital triestino, morirá muchos años después, en 1982. En esos años veinte, Trieste ya quedaba lejos para Joyce, pero buena parte de la novela la escribió allí.

Para ir a la calle Bramante, donde también vivió, subí por la Via San Michele, que antes se llamaba Felice Venezian. La calle que asciende trabajosamente hacia la parte alta de la ciudad es una vía muy inclinada, fea, oscura, casi sin comercios, apenas con algún negocio de anticuarios, y con los edificios desconchados y sin pintar, igual que debían estar hace un siglo, cuando Joyce la recorría. En el número 4 de Donato Bramante, Joyce vivió durante más tiempo que en ningún otro lugar de Trieste: aquí residió entre 1912 y 1915. Mientras vivía en ese apartamento, publicó Gente de Dublín, terminó Dedalus, escribió el drama Esuli, y empezó a escribir el Ulises. La casa tiene una entrada convencional, con unas baldosas en el zaguán que componen un ajedrezado oblicuo, y una modesta escalera. Al lado de la entrada, han puesto un bar que se anuncia como buffet y al que han bautizado como A la scaletta Joyce. El espíritu mercantil lo devora todo.

Bramante es una calle concurrida, con tráfico, y, encima del restaurante, vi en una placa una leyenda que recoge una nota escrita por Joyce el 16 de junio de 1915: “He escrito alguna cosa. El primer episodio de mi nueva novela Ulises está escrito.” Para ello, reciclaría algunos materiales, mientras seguía pensando en Dublín. Stephen Dedalus, que aparece en el Retrato del artista joven (o adolescente, como quiso Dámaso Alonso) y en Ulises, es un reflejo distorsionado del propio Joyce, que nos muestra en ese armazón desgarrado de su mayor novela la oscura ciudad irlandesa (“Querida sucia Dublín”, destaca en un fragmento) y su propia vida, utilizando todo tipo de materiales, recursos, amarrando un desfile, ahogando (a veces, en apresuradas y prescindibles líneas) la anatomía incierta de un mundo que cambiaba reflejado en esa ciudad a la que volvía obsesivamente en sus libros, aunque él mismo no regresase nunca, a excepción de algún viaje apresurado. Joyce vivía en el segundo piso de Bramante, justo encima de la placa que hoy nos recuerda al escritor, aunque alguien que pasa me dice que, en realidad, vivía más hacia el centro del edificio. No importa.

En la Via Alfredo Oriani, vivió Joyce en el número 2. Antes se llamaba Barriera Vecchia, y el mismo portal que ahora lleva el número 2 era entonces el 32. El escritor vivió aquí entre 1910 y 1912, en el tercer piso. Tiene una oscura entrada, con la mitad ocupada por una pequeña tienda, como los zaguanes de la posguerra española, con tablas de madera cubriendo los cristales del aparador. Allí mismo, en el número 2, está la farmacia de G. A. Picciola, propietario del apartamento: Joyce no le pagaba el alquiler y Picciola lo desahució. En ese momento, Joyce pudo salir de la difícil situación gracias a la ayuda de su hermano Stanislaus. Triste Trieste, Tristram, de donde saldrá cuando se inicie la guerra en 1914, el mismo año en que publica Dublineses, que tradujo para nosotros Cabrera Infante, y que se convertiría en la última película de John Huston. (Disculpen ustedes, pero es curioso: su primera obra fue El halcón maltés, y la última, Dublineses.)

Después, entré en la pastelería Pirona, en el Largo Barriera Vecchia, 12, uno de los lugares predilectos de Joyce. Dentro, declaran en un diploma que allí hacen el mejor chocolate de Italia. No es poca cosa. Es una agradable pastelería, con estanterías de madera y un reloj incrustado en ellas. Tienen unos cubiertos antiguos, y el lugar obliga a permanecer de pie: no hay mesas, ni sillas, sólo el mostrador de madera y vidrio. Tienen un cartel que prohíbe fumar “para mantener el aroma de la pastelería”. A Joyce le gustaban mucho los pasteles de la tahona, y podemos imaginarlo comprando masitas de harina y crema mientras daba vueltas en el caótico laberinto del Ulises y pensaba en su precaria economía.

Allí cerca, en Saba, 6, está la casa donde vivía el conde Francesco Sordina, que fue discípulo y alumno de Joyce, además de gran admirador suyo. Ahora, en el segundo piso, casi todo el espacio está ocupado por Forza Italia, ese inquietante partido de Berlusconi. En el número 1 de la plaza Carlo Goldoni, en el palacio Tonello, estaba el diario Il Piccolo, tan importante para Trieste y para el propio Joyce. Y en el número 32 de San Nicolò estaba la Academia Berlitz, donde impartía clases de inglés; entre otros alumnos, a Italo Svevo. Allí empezó a trabajar Joyce, en 1905, y pudo ir comiendo, no sin estrecheces. A partir de 1907, el escritor irlandés vivía en el segundo piso del mismo edificio: de manera que ¡iba a trabajar sin salir de su escalera! Hoy es un edificio que alberga una tienda de muebles. También vivió Joyce al lado, en el número 30, en el segundo piso, en un edificio donde trabajó también Umberto Saba.

Fui después a la bolsa. En el número 12 de la Piazza de la Borsa estaba el Cinema Americano, de Giuseppe Caris, de quien salió la idea para crear el cine Volta de Dublín, asunto que entusiasmó a Joyce hasta el punto de convertirse en promotor. El cine Volta fue el primero de la ciudad y de Irlanda (y, en su inauguración, se pasó una película sobre Beatrice Cenci, el personaje de Stendhal: ya ven ustedes que todo encaja, desde Winckelmann a Henri Beyle), y la iniciativa llevó a Joyce a volver a su ciudad, aunque al final el proyecto fracasó. Es probable que el escritor hubiera hecho dinero con el asunto, pero el cine Volta cerró a los pocos meses, no sabemos si porque el catolicismo irlandés era reacio a las novedades. Allí mismo, cerca de donde estaba el Cinema Americano triestino, en la sala de Bolsa, que está en el número 17, Joyce dio en 1907 una conferencia titulada “Irlanda, isla de los santos y de los sabios”.

Me acerqué, incluso, a un lugar más secreto de Trieste: hasta el número 7 de la calle Pescheria, para ver una casa de cuatro plantas, donde había una casa de tolerancia, como las llamaban antes, que frecuentaba Joyce. La vía es un callejón angosto, y, aunque está cerca de la plaza de la Bolsa y del centro elegante de Trieste, es un pasaje sórdido, casi sin luz. Hoy el edificio está arruinado, aunque, al parecer, siguen viviendo algunos vecinos. Tal vez estaba así en los días de Joyce, desconchada y decrépita, adecuada para comercios infames. No era la primera vez, ni mucho menos que el escritor visitaba un lupanar: también lo había hecho en París, cuando todavía era un joven veintiañero. Podemos imaginarlo recorriendo burdeles y esquinas, para después dejarnos sombras y caricias convertidas en expresiones literarias o en miradas estrictas en el Ulises.

Asqueado del catolicismo, tal vez porque estudió con los jesuitas, ese Joyce que tuvo que escribir un esquema para que sus amigos entendieran el Ulises, y que, ochenta años después, sigue dando trabajo a los especialistas que buscan, que rastrean las menores referencias literarias o los juegos, las bromas y guiños absurdos que introdujo en la novela, a la manera de Sterne, que sigue haciéndonos leer las páginas que sobran en su novela, muy numerosas; que continua jugando con nosotros incluso con su insistencia en el arbitrario parentesco con la Odisea, que ha introducido para siempre el monólogo interior que tomó de Edouard Dujardin; ese Joyce, fue un hombre que se sintió atraído por el movimiento obrerista que preconizaba un nuevo mundo que se iba a verter en el socialismo, aunque después la vida y la experiencia (marcando a fuego y en silencio su propia existencia) le hizo desconfiar de la política y, ay, de los propios seres humanos. Empeñado con el alcohol, progresivamente ciego, soportando intervenciones quirúrgicas que no resolverían sus problemas, murió cuando contaba cincuenta y nueve años, lejos de Irlanda y de sus fantasmas.

El 4 de junio de 1904 (día en que transcurre el Ulises, en Dublín, de la mano de esos tres escuetos personajes: Leopold y Molly Bloom y Stephan Dedalus, y cuya jornada fue considerada obscena en los Estados Unidos, hasta el extremo de prohibir el libro, e incluso de quemar algunas de las ediciones) se ha convertido hoy en ese Bloomsday o excursión para caníbales de la literatura y devoradores de vísceras, y, casi, en el único día de la vida de Joyce. Dublín y la palabra son los grandes protagonistas de sus obras, y, así, Joyce, sigue enredando con un pasado que no puede cambiarse y un futuro que se adivinaba oscuro, porque el presente nunca existe, a pesar de las evidencias, como hizo; soportando su visión del escritor en un mundo capitalista que corrompía y prostituía el arte y la literatura, desconfiando de la capacidad humana para evitar la catástrofe, dejando atrás esa confianza que le llevó a una particular, aunque confusa, defensa del socialismo, basada en la experiencia de quienes como él se veían condenados a la oscuridad y la pobreza; mientras nosotros seguimos viendo a Joyce buscando, rebuscando en la palabra, en la nocturna Dublín empapada en el estanque negro frente al mar de Irlanda, sellando la doliente condición humana en la copiosa jornada a la que dedicó su vida, recorriendo los callejones y deteniéndose en una pastelería, inmerso en la delicada y rota, áspera armadura de su novela, vagando por la triste Trieste.

ORACION EN FIESTA DE REYES

Señor, mi pesebre no es de oro ni plata pero tampoco es de totora.
Lo que te agradezco)

Lo más sabio que has hecho hasta ahora es enviarme a esta tierra donde el único iluminado soy yo.
Desde he sido embrión supe que Churata, Oquendo o el mismo Alejandro, no me pisarían ni los talones. (Y eso que tengo uno de Aquiles)

Antes y después de mí, solo tú, señor. soy filósofo, poeta, narrador, editor, psicólogo, historiador, crítico literario, docente universitario, magíster, doctor, entomólogo, floricultor, o sea, soy todo señor.

Por fa, has que mi discípulo Walter no se convierta en Judas como los anteriores.
He publicado veinte libros en mis veinte años.
Ahora envía a tus reyes magos para que la estrella se detenga a la altura de mi casa.
Que entonen villancicos en mi honor y me echen incienso, mirra y marihuana.
Todos tendrán que adorarme y pedirme perdón.
Especialmente Gabriel, Darwin, Samuel, HJnry, Bedregal,Pacho… O sea todos, señor).

Ante sus ataques venenosos, me resisto a morir crucificado,
porque mi lugar es estar sentado a tú diestra,
señor.

Amen.

Tu único hijo: Garambel.

PD: Disculpa la tardanza, señor.

¡Continúa la Votación para elegir al poeta joven más simpático de Puno!

COSMOVISIÓN Y CONOCIMIENTO ANDINOS EN EL PEZ DE ORO, DE GAMALIEL CHURATA

Helena Usandizaga

La obra de Gamaliel Churata (Arequipa, 1897-Lima, 1969) despierta en los últimos tiempos un interés creciente: Cornejo Polar afirmó, en 1989, que El Pez de Oro (1957), su obra más importante, es "uno de los grandes retos no asumidos de la crítica peruana" (Cornejo Polar 1989: 140 nota). En torno a este reto hay actualmente un consenso, el de la necesidad de estudiar más a fondo esta obra -que no es una novela, ni un ensayo, ni un libro de poemas, y es todo esto a la vez- para incorporarla a la tradición. Hay también una disensión: en los últimos años, parece que la discusión se está polarizando en torno a la idea de si se trata de una obra conectada con la cultura andina (Bosshard 2002, Huamán 1994, Pantigoso 1999, Zevallos 2002), o si su peculiar estructura y punto de vista los explican más bien las referencias vanguardistas, en especial el surrealismo (Badini 1997, Keeth 2004).
Antes de entrar en esta discusión, conviene situar la obra:

El Pez de Oro es un texto bastante más tardío que la época de Orkopata y el Boletín Titikaka , movimiento y revista que Arturo Peralta (Gamaliel Churata) funda y dirige en los años veinte. Al parecer fue reescrito antes de su publicación en 1957, puesto que una edición anterior del texto comenzado hacia 1927, ya en la imprenta en 1930, habría sido destruida por un ataque fascista (Churata 1957: 7). Es difícil catalogar la obra: el discurso se formula sobre todo como apelación, narración, y a veces diatriba, de un enunciador que cambia su identidad (en varios pasajes es el propio Khori-Puma, uno de los seres míticos que pueblan la obra) y que se dirige a menudo a un enunciatario, también cambiante (“amigo mío”, "querida niña", "Capitán"...; también se dirige a otro ser mítico, el Khori-Challwa o Pez de Oro). Este destinatario a menudo interviene en el discurso, que se convierte así en diálogo; en ocasiones uno de los dos interlocutores se convierte en un narrador que se dirige a un hipotético lector; todo ello reposa sobre citas e intertextos como los de Guamán Poma, el Diario de Colón, la Biblia, los clásicos españoles, etc. Como se ve, El Pez de Oro es una obra transgenérica: no es una novela, aunque tiene un hilo narrativo, y no es un ensayo en el sentido clásico, aunque su estructura dialógica entre diferentes sujetos formula preguntas y escenifica el encuentro entre diferentes respuestas para llegar a un conocimiento que se construye en el texto. Tampoco es un libro de poemas, pero está lleno de poemas a veces muy cercanos a las formas tradicionales andinas.

El texto se define justamente por esta mezcla de géneros y por la forma frecuentemente dialógica, polifónica y estructurada en forma de discusiones paradójicas a veces llevadas por un mismo sujeto desdoblado. De todos modos, El Pez de Oro tiene un hilo narrativo; según Kaliman (Kaliman 1996), el hilo conductor es la utopía de restauración dinástica: el Pez de oro es sucesor del Puma de oro a quien el primer inca encargó restaurar la dinastía antes de desaparecer en el lago Titicaca; esta vuelta del Khori-Challwa, paralela a la vuelta de Inkarrí en los mitos andinos postcoloniales, representa un pachakuti, una inversión catastrófica del mundo (según explica Flores Galindo 1986), pero también una restauración y una regeneración. A esta lectura hay que añadir otras dimensiones: el proceso no es sólo una reivindicación social, sino una búsqueda estética y de conocimiento, porque el mito del Pez de Oro se presenta desde varios puntos de vista. En cuanto a la identidad y a la estética, Churata propone que América sea América a partir de esa integración en lo previo y lo profundo que representa la generación del Khori-Challwa -lo cual no implica ni fatalismo ni retroceso, sino apertura- y que la estética se genere en este “punto lácteo” que es “plenitud en la profundidad” en la que el hombre está “en fruto y germinación” (Churata 1957: 41). Por lo que respecta al conocimiento, la obra se estructura como un texto-camino: se trata de una búsqueda a partir de elementos culturales que se asumen un poco irónicamente, no tanto porque se establezca con ellos una distancia controlada desde una instancia superior de conocimiento, sino porque se tratan más como dispositivos de búsqueda que como saber adquirido.

* Este trabajo se enmarca en el proyecto BFF2003-04417, sobre la presencia de la mitología prehispánica en la literatura iberoamericana, financiado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología.

(2) Al código artístico manejado por el grupo Orkopata se le ha denominado “indigenismo de vanguardia”, término acuñado por Mariátegui (Vich 2000: 52); si bien se liga al esfuerzo por hacer de la tradición indígena, de su sabiduría y potencialidades subversivas, un elemento de modernidad, no se trata de idealizar estos proyectos como si en ellos se cumpliera la plena emergencia de las culturas oprimidas, porque en realidad lo que emerge con ellos son esas clases medias provincianas que se posicionan frente a Lima y hasta cierto punto instrumentalizan “la reivindicación de lo indígena a partir de sus propios intereses” (Vich, op. cit. 58). Sin embargo, esto no puede tomarse como una invalidación a priori del componente indígena en cualquier producto de este ámbito.

lunes, 7 de enero de 2008

Medio Siglo: La edad lunar del Pez de Oro

Boris Espezúa Salmón

A diciembre del 2007, habiendo transcurrido cincuenta años de la publicación de “El Pez de Oro” obra de Gamaliel Churata, seudónimo de Arturo Peralta Miranda, como admirador de su legado y por el reconocimiento a una obra que a no dudarlo quedará como lo mejor que en el siglo XX se escribió en temática de identidad y de auténtica cultura en el Perú, me permito rendir un homenaje a su autor, y con ello felicitar todo homenaje a ésta inconmensurable libro de nuestro pontífice de las letras puneñas que con el correr del tiempo es más digerido, mejor entendido, y enormemente reconocido.

Pocos recuerdan y hacen mención a una fecha memorable el 30 de enero de 1965, cuatro años antes de la muerte de Gamaliel Churata, que en una conferencia que el autor del Pez de Oro ofreció en el Cine Puno de nuestra ciudad, organizado por el Grupo Intelectual Chasqui, empezaba en sus palabras a señalar: “Que el libro no había logrado mayor difusión por su limitado tiraje, y que sin embargo no había dejado de inquietar a espíritus acuciosos y que influiría en la nueva concepción del Americanismo”. En estas palabras Gamaliel, presagiaba que el futuro del Pez de Oro iba a ser de generar mayor polémica y abriría brechas e inquietudes en los intelectuales del país y del mundo. Efectivamente, en los últimos años ha venido pasando que muchos estudiosos empezaron a sumergirse al contenido del Pez de Oro, como Cynthia Vich, Jazmin López Lenci, Aldo Medinaceli, Rolena Adorno, Ricardo Badini, Martin Liendhard, Miguel Angel Huamán, Antonio Cornejo Polar, Aymara Llano, Josefa Salmón, Manuel Pantigoso, Omar Aramayo, René Calsin, José Luis Ayala y muchos otros más, lo que confirmaba la proyección del propio Churata en la conferencia donde trataba de explicar ¿Qué es el Pez de Oro?

Sin embargo por tratarse de un hecho singular que tiene que ver con el contenido de El Pez de Oro, sigamos recordando aquella conferencia de Gamaliel Churata, el propósito del autor fue tratar de explicar ante aquél público ávido de escucharlo después de 30 años que no vieron a uno de sus hijos predilectos por estar radicando en Bolivia, ahora tenían la oportunidad de admirarlo a un hombre que encarnaba la lucidez y el arraigo andino, y este hombre sereno y pétreo a la vez pausadamente habló: “En el Pez de Oro o la dialéctica del realismo psíquico, alfabeto de lo incognoscible los personajes no son personas humanas; son símbolos zooticos del corazón del hombre. Esto es, son animaciones simbólicas de la humana naturaleza y como representan entidades biológicas, de entrada entendemos que el Pez de Oro es la imagen de los genes del hombre, del hombre de nuestra tierra, esto es el Khori Challwa. Que es la semilla del hombre del Tawantinsuyu, nuestra patria histórica; y el Khori Puma, el Puma de Oro, símbolo del hombre matriarcal de la edad lunar, del cielo de la Mama Chilla” Aquí, Churata se refiere al simbolismo de su obra expresado en los símbolos que como el Khori Challwa y Khori Puma expresan la ubicación del hombre en el cosmos, donde se hace relieve a los genes del hombre como esencia biológica del macrocosmos y del microcosmos base fundamental del Tawantinsuyu, en ello el autor señala que: “Si quisiéramos seguir el decurso histórico de la América fundamentándose en la semilla, y en el Titikaka, su exploración tendrá que conducirnos a establecer la psiquis embrional del Pez de Oro, y la sociología del felino andino que es el Puma”.
En estas palabras encontramos una de las bases primordiales del objetivo de su obra hablar del Realismo Psíquico, que para Churata era la conciencia andina su intimidad orgánica donde radica la verdadera naturaleza humana tanto a nivel personal como social, expresada en símbolos al señalar que es la psiquis embrional que fundamenta la razón de América . Este simbolismo Churatiano es una de sus singularidades porque a lo largo de su obra señalará el significado del ordenamiento universal del hombre andino y su entorno cosmogónico. El simbolismo que encarna hará posible llegar a significantes más insospechados de entender amplia y esencialmente la naturaleza humana, y la naturaleza de su genital, de su razón de ser y su fundamento de existencia, se trata de un hombre al decir de Pierre Bordeau que encarna la simbología como parte del conocimiento y como parte del lenguaje expresado que lo hace sosteniblemente enriquecedor.
En su conferencia inolvidable Churata toma aire a una sola bocanada, mira fijamente al auditórium, hay un silencio afectivo y expectante y manteniendo cierta calma continúa: “Infortunadamente los fenómenos coloniales no hieren la radicalidad de la semilla genésica. Los genes son invulnerables a la acción de todo agente letal, por lo que si los fenómenos coloniales tiene valores políticos y económicos. No hieren la naturaleza histórica de los individuos, He aquí cómo el estudio del Ahayu-Watan, síntesis ontogénica y axiológica, plantea una verdad secular: Si el hombre es inmortal desde la semilla, estos es desde el alma, los muertos de ayer son los que nacen hoy” En estas palabras Churata reconoce la influencia colonial sobre el hombre peruano, pero, sobre esa influencia resalta el aspecto genésico como una razón de la naturaleza invulnerable, que se alza por encima de las circunstancias y del mismo universo. Gamaliel habla de los muertos, de su inevitable resurrección y se pregunta: “¿Por qué debemos estimar que la muerte es sólo una palabra y que no existe? Por que si ella existiese dejaríamos ipso facto de existir, desde el enfoque occidental” y sostiene rotundamente: “Nuestros muertos no están, ni estuvieron muertos nunca; están vivos junto a nosotros y en nosotros”. La inmortalidad de los muertos en Gamaliel se explica desde la semilla humana, en su sentido genético, que es aérea, en la lógica que posee capacidad de traslación, y es esencialmente mnemónico esto es que establece la relación individuo-memoria, y en ese sentido la no muerte en un pueblo es porque se tiene viva la memoria en sí mismo, la visión de los muertos en su sentido dialéctico y circular cobra sentido cuando se refiere al alfabeto de los incognoscible, con ello se encuentra parangón en la visión profunda que tenía también César Vallejo de los muertos cuando decía: “Los muertos no son, no pueden ser muertos de una vida que no han vivido” con lo que se refería que no puede haber muertos de algo que no se ha vivido, solamente hay muerte cuando se ha vivido.

Gamaliel Churata, antes de culminar su conferencia habló que de se sentía afortunado de ser una autor que se le concedía el privilegio de explicar su obra, que casi nunca ello sucedía, y de reencontrarse con una nueva generación de puneños que estaban interesados en lo que había hecho. Entonces en el epígono de su charla en aquella fecha especial señaló: “Los inkas metidos en la naturaleza criolla o mestiza, siguen por la ruta de su derecho histórico; y que la dialéctica de nuestro destino sólo puede resolverse cuando el Gran Imperio, que ellos forjaron a través de los milenios, recupere, dentro de las formas de la civilización, los ejes cardinales de su naturaleza. Entonces habremos puesto un pie en el camino de nuestra verdadera historia, y lo que llamamos Verú se hará la república del Tawantinsuyu. He aquí lo que he llamado el Realismo Psíquico, alfabeto de lo Incognoscible, punto de partida para estructura todo organismo político o mental. No se oculte a ustedes que esta esquematización, desprovista de pretensiones académicas, determina la radical transformación de los conceptos sociales, políticos e históricos que han predominado en el mundo hasta el siglo XX, y que su aceptación por la ciencia con autoridad señalará el arranque de una nueva cultura y hasta de nueva humanidad para todo el planeta”.

Finalmente, Gamaliel Churata agradeció la presencia de un nutrido público y pausadamente tomó asiento, escuchando resonar los aplausos. Sobre este último segmento de su charla podemos evidenciar que se sitúa en la verdadera dialéctica del que habla en el Pez de Oro, es decir de que nuestros antepasados inkas recuperarán formas de civilización, los ejes cardinales de la naturaleza para otros hombres de nuestro tiempo quienes harán la verdadera historia, más allá del deseo de regresar al Tawantinsuyu es válido el regreso a las formas y orígenes nuestros y ancestrales, y expresa Gamaliel Churata el ser conciente que su obra es una propuesta radical para transformar los nuevos conceptos sociales y políticos que han dejado del lado las culturas primigenias, y las memorias auténticas de nuestros pueblos fundados en los genes invencibles para perennizarse a través de los tiempos.

De todo lo expresado, y de lo que se propuso expresar en el Pez de Oro dos signos distinguen a Gamaliel Churata el de ser genitor de una nueva cultura y valoración del hombre americano, y el de proponer una nueva hermenéutica sobre los orígenes, sobre el lenguaje, y nuestras concepciones de mundo, que desde el alfabeto y la naturaleza Churata se plantea radicalmente cambiar. Por eso no es exagerado decir que todos nosotros si nos enmarcamos en una identidad cultural integral, tenemos nuestro Churata en el corazón, porque tenemos en la conciencia ese sentido de la semilla genésica, y aquél Puma que en nuestras vaivenes sociales y en el enfrentamiento con un cultura ajena prevalece, como sentimiento de lo más recóndito de singularidad y de la invulnerabilidad, que es nuestra dignidad de ser y de afirmarnos, lo que gracias a Gamaliel Churata se refuerza, se enaltece y se hace grito en nuestro interior.

Tal como señala Cynthia Vich: “La cosmovisión churatiana está completamente imbuída del animismo característico de la cultura andina y de un impulso religioso que proyecta al ser humano con la naturaleza. En los textos de Churata todo adquiere dimensiones míticas, y la grandiosidad de un proyecto como El Pez de Oro, revela su deseo de elaborar el gran texto religioso-cultural. La Biblia de la cultura andina de todos los tiempos” en ese orden de ideas agregamos que la labor que además tuvo Gamaliel con el Boletín Titicaca, con el grupo de Gesta Bárbara hablan de un hombre que fue conciente al entender que el seudónimo de Gamaliel significaba el iluminado, aquella antorcha que tenía que dar luz y desafío a las generaciones siguientes para configurar un nuevo rostro de país y de América. Los elementos míticos y religiosos acaso expresan la esperanza y la fe de una visión particular y universal que supo dotarle de energía de vibración cósmica para vertebrar un nuevo corpus de pensamiento y de identidad a través de una nueva conciencia del hombre frente al universo. Por eso, es que El Pez de Oro es una unidad orgánica intragénetica y multisimbólica, una filosofía que prefigura y desbroza esquemas de pensamiento, que genita la mortitud y resucita la nueva vida que aún queremos vivirla.

¡Feliz Año Nuevo Poetas!