viernes, 1 de agosto de 2008

La última de Gabriel



... En su lugar ha llegado un sujeto con el alma más roja que las camisas que suelen
utilizar Hugo Chávez y su seguidor Hernán Fuentes. Se trata de Gabriel Apaza, quien también funge de poeta y quiere ser escritor, alguien que pretende ganarse un nombre a costa de despotricar contra los intelectuales puneños y defender obstinadamente al presidente regional. Gabriel Apaza debutó como "Jefe de imagen institucional del gobierno regional" en FORO TV y vaya que salió como "alma que se lleva el diablo" por que no pudo sustentar su obsecuente posición. Pese a todo, le deseamos que dure en ese cargo.

Firma: Pollo Gordo.

Tomado literalmente de la revista "AL DÍA" de Puno. Edición especial, página 3, julio del 2008.

OJO: Pollo Gordo no se refiere a Walter Paz sino a un periodista puneño.

jueves, 31 de julio de 2008

Acerca de: “El carácter libérrimo de forjar antologías”


Feliciano Padilla

Wálter Bedregal, con fecha 13 de julio, publicó en “Los Andes” un artículo intitulado “El carácter libérrimo de forjar antologías”, con el que menosprecia a los escritores puneños por el “delito” de haber escrito algunos sueltos sobre su libro “Aquí no falta nadie”. En los siguientes párrafos trataremos de analizar algunos de los rasgos de dicho texto.

Es cierto que existen varias competencias comunicativas: la competencia discursiva que consiste en elegir el tipo de texto adecuado a una situación o circunstancia; la competencia textual, que es la capacidad de construir un texto bien organizado sin afectar la cohesión y coherencia; la competencia pragmática, que permite prever el efecto que se va a lograr con los enunciados; la competencia enciclopédica, que se deriva del conocimiento de la ciencia y la cultura en general y; la competencia lingüística, que consiste en la capacidad de construir enunciados sintáctica y léxicamente adecuados.

Cualquier emisor puede comunicarse con su interlocutor o interlocutores sin privilegiar la competencia lingüística. Es suficiente que en el acto del habla se cumpla la función comunicativa, por ejemplo, la de una persona que informa, argumenta, instruye, etcétera; pero, un escritor que menosprecia a sus colegas porque son “provincianos”, o alguien que funge de escritor cosmopolita debe ser más cuidadoso, máxime si acaba de publicar una antología de la dimensión que supone. ¡No!, no puede escribir tan mal y denostando a diestra y siniestra, como si nosotros tuviéramos la culpa de sus falencias formales y teóricas.

Pensé que podía encontrar en el artículo “El carácter libérrimo de forjar antologías” algunas ideas claves para un debate. Pero, en su lugar, me di de narices contra una retahíla de insultos y diatribas. Yo, con la consideración que me merece Wálter Bedregal, le envié una carta muy respetuosa, sin utilizar ninguna palabra ofensiva, en la que le informo que no asistiría a la presentación de su “antología” por estar en desacuerdo con su peculiar aplicación de la teoría fractal y con “la selección” que hace de la poesía puneña y, punto. Me reafirmo en estas aserciones que se fundamentan en mis lecturas de: “El manifiesto del fractalismo”, “El manifiesto fractal”, “Qué es la literatura fractal”, “Rizomas, fractales y constelaciones” que Juan Zavallos Aguilar escribió en “Sieteculebras” No 23 (que parece ser la base de su teorización), etcétera. La carta de marras es apenas una insinuación del extenso texto que escribí a propósito de su “prólogo” y que, francamente, no sé si deba publicarlo más adelante.

El insulto es propio de quienes no tienen argumentos. Creo que Puno se merece más respeto. Respetando a la colectividad se respeta uno mismo. Lo contrario es caer muy bajo y no es propio de un escritor. Bueno, vayamos al grano: Partamos por analizar el título: “El carácter libérrimo de forjar antologías”. Forjar significa dar forma a los metales utilizando fuego y martillo. La antología no se forja, ni se inventa, ni se fabrica; se elabora, se redacta, se prepara, se hace. La oralidad tiene otro código donde los vocablos adquieren el significado que les otorga el contexto. La palabra Wálter concerniente al nombre del autor no está tildada; olvida que desde hace treinta años todos los nombres extranjeros que usamos se castellanizan y al castellanizarse se someten a las reglas del español sin excepción, aunque en la partida de nacimiento estén escritas de otra manera. Y Wálter es una palabra grave que debe tildarse porque no termina en vocal, ni en “n”, ni en “s”. Lo primero que debe saber un escritor es escribir bien su nombre.

En la segunda línea del texto aparece el vocablo Antología, así con mayúscula; hay que recordar que es un nombre común y debe escribirse con minúscula, salvo que sea parte del título “Antología aquí no falta nadie”, y no es así. El título del libro es “Aquí no falta nadie”. En la línea decimoprimera (undécima) se advierte la palabra “conversa”. Conversa puede ser una forma familiar o coloquial de “conversación”, sin embargo, es de mal gusto usarla en un artículo académico o serio como el que pretende. En otro renglón se lee “desatinos de desaventuranza”; habrá querido decir desventura o desaventura que significa desgracia causante de aflicción, pero, no “desaventuranza”. Bueno, hay que felicitar la capacidad creadora de algunos de nuestros escritores, sólo que cuando creamos dislates descuidamos la coherencia del discurso. ¿Qué es eso de “desatinos de desaventuranza”? Le falta claridad.

Algo peor, ¿puede haber desatinos de desaventuranza habitados de mala fe, tontería, puerilidad, etcétera? En esta desventurada construcción no hay coherencia y no se comprende la frase. La mala fe, la tontería, no habitan porque no son seres vivos, ni humanos. Y no digo nada de las marcas de pausa y algunas construcciones artificiosas que pueden ser consecuencias de un estilo particular del escritor.

Estos “pequeños” errores fueron hallados en el primer párrafo, al final del cual está escrito entre paréntesis (“viendo la escasez de comprensión en algunos lectores”)… La preposición más adecuada en este caso era “de” en lugar de “en”, a pesar de la aparente redundancia, para que se lea: “viendo la escasez de comprensión de algunos lectores”. Muchas veces es mejor repetir una palabra si es necesaria como elemento cohesivo y dar claridad a nuestros escritos. La frase “escasez de comprensión” nos conduce a la frase contraria: “abundancia de comprensión”. ¿Cómo? ¿Existe abundancia de comprensión? Habría sido aceptable que nos diga: “escasa comprensión”. Descubrí treinta y cuatro errores en todo el texto. Estoy poniendo sobre el tapete sólo los más notorios del primer párrafo.

Como se verá no tuve necesidad de insultar como él lo hace conmigo y con todos los escritores puneños. Asimismo, es oportuno destacar algunos deslices en el plano de las ideas: Se advierte en el texto un tufillo despectivo contra los escritores provincianos, desacreditados, sin demostración alguna, de no conocer más allá de sus narices. Sería bueno que él, también, se incluya dentro de los provincianos porque lo es, (nació en Tacna), salvo que esté utilizando la nefasta dicotomía costeño / serrano. Esta actitud ofensiva no queda ahí. Cuando en una construcción defectuosa manifiesta: “Tal vez nuestros intelectuales no hayan ido a Europa a estudiar, sino a ser estudiados”, se refiere a un puneño con apellido quechua que estudió un doctorado en Barcelona. En este caso, su menosprecio está saturado de racismo barato. Y eso es algo sobre el cual tendrá que meditar mucho Wálter Bedregal. Desgraciadamente para él, la mayoría de los escritores puneños o serranos llevamos, con orgullo, un apellido quechua o aimara.

No se crea que soy enemigo del autor cuyo artículo estamos analizando. De ningún modo. Felicito muy sinceramente a Wálter Bedregal por haber publicado esta obra importante. Publicar en el Perú es una odisea y eso nos merece, desde ya, brindarle nuestra congratulación; sin embargo, este homenaje a su persona no me obliga a renunciar a mis puntos de vista acerca de su “antología”. Un comentario, cualquiera fuera su sentido, no puede llevarnos a usar insultos ni a rebajar la calidad de la conversación. Si se escribe un ensayo es para el debate. Debemos acostumbrarnos a responder la crítica adversa con altura. Si las diez líneas de mi carta han causado tanto malestar en el autor, no puedo imaginar qué pasaría si publicara el artículo que escribí sobre su prólogo.

OTROSÍ: No digo que yo escriba bien, de ninguna manera; sin embargo, como todos los puneños productores de textos, intento hacerlo, aunque sé que lo hago con limitaciones. Finalmente, hay que subrayar que estas reflexiones lingüísticas son una exigencia para la escritura seria; pero, como ya dije anteriormente, en otras circunstancias (conversaciones familiares, amicales, callejeras y la de los Chat, blogs, etcétera) el lenguaje, por lo general, infringe la norma y “no pasa nada”. Es suficiente que comunique algo.

viernes, 25 de julio de 2008

domingo, 20 de julio de 2008

Manifiesto fractal


Vivimos el desolado tiempo de la prosificación de la poesía.

La prosificación de la poesía –que cobra un fuerte impulso con la ‹antipoesía› de la década del sesenta del pasado siglo– es un fenómeno translingüístico, no disociado de la decadencia generalizada de la palabra en todos los órdenes de la vida social contemporánea: desde los problemas ortográficos y de lectocomprensión en la escuela primaria –paradójicamente, en una época tan abundante de pedagogos– por ejemplo la indigencia expresiva y el imperio del anacoluto en la producción escrita de mi amigo Walter Paz e innumerables académicos y ‹profesionales de la lengua›.
El desvalimiento de la palabra está sospechosamente acompañado de la hipnótica profusión de la imagen gráfica, del ícono, profusión de la que el ‹muñequerío› que puebla la www no es más que un ejemplo. No se necesita mucha agudeza para adivinar los fines de esta estrategia del poder: si se nos despoja de la palabra, se nos despoja a la vez de la capacidad de articular el pensamiento…

El hecho es que este estado de cosas ha llevado a la poesía hasta un límite sin precedentes: precisamente, el de la carencia de cualquier tipo de límite dentro del cual reconocer su identidad. No existe en este momento un arte más absolutamente falto de identidad que la poesía. Literalmente, cualquier cosa puede serlo; y naturalmente, no llegamos con esto ni siquiera a los deslavazados asertos del tipo «la poesía debe ser hecha por todos», o los alusivos a su supuesto deseo de revelación neumática, sino a una ley de la inexorable dialéctica: lo que puede ser cualquier cosa, no es nada. Hoy, quien tan sólo en la situación adecuada –sea una presentación literaria o un festival de ‹poesía›– lea un trozo tomado al azar de un pasquín de provincia, tiene las más altas probabilidades de ser aplaudido como poeta. Ni qué decir si modula lo leído martilleando sílabas torpemente repetidas con cierto dejo melancólico-arrabalero en boga, vr. gr. Garambel, incluso entre numerosas representantes femeninas del gremio.
Hemos oído hace unos años a un colega colombiano, invitado a un evento poético, formular este fenómeno de la prosificación con una precisión insuperable: interrogado por el moderador sobre cómo procedía él para escribir sus poemas, respondió muy ingenuamente: «Muy sencillo: primero, escribo todo seguido, y después, lo parto…». Lo más preocupante no fue en verdad oír tamaño disparate, sino comprobar que la totalidad del público asistente (en el que abundaban conspicuos representantes de la poesía peruana) recibió la confesión como si el hombre hubiera dicho: «En Colombia llueve…» Tal es el grado de sordera reinante.

Ha llegado el momento de repensar la esencia rítmico-musical del verso.

«…el ritmo del verso es considerado sobre el mismo principio que el de la música o el canto. En todo verso se reconoce la presencia de un período rítmico equivalente al compás musical.» [1]

No estamos diciendo que el verso ‹libre› –término que por supuesto no es antagónico de rítmico– como canon literario preponderante, relativamente joven en la historia de la humanidad, no pueda ser poesía; sí estamos diciendo que, frente a esa juventud, es saludable recordar que el verso métrico, aliterante y ‹musical›, unido al canto, al teatro, a la danza, a los rituales y las fórmulas encantatorias, se pierde en la noche de los tiempos… La relación congenial de música y poesía puede verse en ese momento tan particular de confluencia que es el MOTIVO del arte (Schubert, Schumann, Brahms, H. Wolf, etc.) con singular claridad. La degradación generalizada de la palabra poética, por el contrario, hace estragos en el actual cancionero popular (y no precisamente en el folklórico…).

Allanando sin piedad la poesía con argumentos de falsa contemporaneidad, el siglo XX ‹poetizó› un importante caudal de su prosa literaria más representativa. Recuperemos ahora la magia, la función conjural de la palabra: repoeticemos nosotros la poesía. Genial propuesta subliminal de mi amigo -y creo, maestro, Gabriel Apaza-.

En la disolución de la poesía como arte, otros dos hechos han desempeñado un papel fundamental: la abstrusa idea de que –a diferencia de la pintura o la música, por ejemplo– el arte poético no estaría constituido por un corpus de técnicas transmisibles y condicionantes, absolutamente necesarias para la creación, y el consecuente destierro de la poética al reino del olvido. El dominio técnico, que resulta obvio para el músico más espontaneísta, aunque no pueda siquiera leer una partitura, parece a la mayoría de los modernos ‹poetas› un imperativo demencial, o, al menos, el producto de una mente anacrónica e inclinada a cegar la inagotable Castalia de su inspiración.

El resurgimiento de la poesía es impensable sin la reformulación de una poética.

«La disposición de la palabra para la comunidad era aún enseñada y aprendida en el siglo XVII, puesto que el orden de la palabra era parte del orden del mundo. De allí surgió la importancia de la preceptiva, de la poética. Y así como la intimidad de la fe en nada era afectada por el aprendizaje del catecismo, en nada lo era tampoco la fuerza de la poesía por el aprendizaje de la poética. Percibir contradicciones en esto es propio de la modernidad desde el Sturm und Drang y el romanticismo.» [2]

Para nosotros, que más acá de la modernidad padecemos eso que se ha dado en llamar «postmodernidad», el resurgimiento sólo puede adoptar la forma de un neoconstructivismo (Walter Paz dixit). Pues así como el hipertexto [3], lejos de ser sinónimo de caos –como quiere más de un profeta postmoderno (JLVG)–, sólo representa un orden distinto y superador, así también el nuevo arte ha de construir ordenando, y para eso debe aviarse de las mejores tradiciones del pasado. Esas tradiciones no se agotan en los grandes -ismos de los siglos XIX y XX: la coherencia arquitectónica de la cosmovisión barroca, por ejemplo –por paradójica que esta afirmación pueda resultar–, tenga quizás más que ofrecer a nuestra mirada que la de cualquier otro período histórico.

En «Aquí no falta nadie» proponemos un trabajo con el ordenador, si no la más importante, seguramente la más versátil de las herramientas jamás poseída por el hombre. No somos cultores ciegos de «la máquina»…, pero negamos la falsa oposición hombre / máquina y despreciamos la ciencia-ficción que pregona la novela ominosa de su supuesto antagonismo. Dudamos del sentido en que se afirma que las máquinas dominarían el sentido: cuesta imaginar algo más opuesto al binarismo que el lenguaje humano (ni qué decir, si del poético se trata), pero fundamos el trabajo allí donde la herramienta se revela como más maravillosa: en el escrutinio, los paradigmas, las permutaciones, la celeridad y la memoria.

En «Aquí no falta nadie» proponemos una poesía generativa, interactiva –permitiendo al lector-autor no especializado, no sólo comprender las formas, sino aun participar en la creación– y esencialmente plural, ya que cada unidad del poemario es varios poemas a la vez.

Con la seguridad que nos confiere esta delgada prenda de la hija de Minos –verdadero espíritu de la época–, entramos así en el laberinto, y no sólo endecasílabo…

Walter Bedregal Paz.

Si Ud. desea manifestar su adhesión a este manifiesto o formular algún comentario sobre él, rogamos hacerlo aclarando si nos autoriza a publicar su opinión. Gracias.


[1] T. Navarro Tomás, Métrica española, Reseña histórica y descriptiva, Guadarrama-Labor, Madrid-Barcelona, 1974.

[2] Erich Trunz, Weltbild und Dichtung im deutschen Barock (Imagen del mundo y poesía en el barroco alemán), Verlag C. H. Beck, München, 1992.

[3] definido sobriamente en la informática como «tratamiento no secuencial de la información».

sábado, 19 de julio de 2008

Esto es libro señores. El resto...



VELÁSQUEZ G., José L.
150 AÑOS DE UNIVERSIDAD EN PUNO. Estudio y compilación histórica sobre la Universad Nacional del AltiplanoPuno, Perú: Oficina Universitaria de Proyección Social, 2006. 421p [20,5x14,5 cm]

Se estructura en tres capítulos: en el I, hace una revisión de la historia local (desarrollo autónomo, colonia y república); en el II, toca temas referidos a la universidad de 1856, donde se consideran documentos encontrados en los diversos archivos del sur del país, además de presentar una visión sistemática del desarrollo de una gesta por la creación de la Universidad de Puno; finalmente en el capítulo III, presenta una compilación de artículos que corresponden al momento histórico en que la sociedad puneña inicia la lucha por la reapertura de su universidad.